Juegos De Estrategia; Dibujos De Daniel Alcalá

Trato de describir las imágenes de Daniel Alcalá. Decir que son paisajes sería un contrasentido pues los elementos descriptivos del mapa han sido obliterados y sólo restan los espacios negativos y el entramado positivado de las arterias viales. Las imágenes hablan de forma distinta, lo visual es difícil de traducir a la palabra. Pienso que en eso radica el reto de éste artista obsesivo: en reproducir sensaciones y percepciones visuales que tenemos todos los días pero que difícilmente traducimos a experiencias estéticas.

Las imágenes creadas por Daniel son residuos de la presencia, son el negativo de la experiencia, como el negativo fotográfico a partir del cual se positivaría una imagen. La imagen es el tablero blanco y negro del ajedrez, donde algo tiene que suceder, amparado en un movimiento de piezas, que provoque la activación de la memoria y la experiencia.

En pocos años de carrera Daniel Alcalá ha aprendido a transmitir con el lenguaje de las imágenes. Su trabajo ha recibido la influencia de muchos que, como él, se plantearon el problema de la transmisión, a saber: ¿qué puede decir una imagen? ¿Qué se puede decir de la realidad cuando se le vacía de su contenido lingüístico y se le convierte en una trama visual? El problema interesa a los productores visuales en ésta época en la que las imágenes son tan persistentes, pero que invariablemente no pueden ser leídas o traducidas a experiencias propias. Ese cúmulo de imágenes intraducibles provoca una esquizofrenia, una parálisis en los que las percibimos, pues sólo ocasionan un alejamiento de las referencias vividas por nosotros.

La publicidad que nos dispara sus imágenes desde las carteleras o desde las inmensas fotografías que hoy cubren edificios enteros, provoca en nosotros la necesidad de leer lo que nos dicen; pero escasamente podemos construir un sentido de su discurso, puesto que esas imágenes no refieren una experiencia real sino la de un estereotipo, una situación envidiable o una demostración de poder que se ejerce sobre el individuo. De estas imágenes sí se pueden decir muchas palabras, se pueden describir sus símbolos y sus significados, los soportes ideológicos que las sostienen y los estereotipos que generan. A las imágenes de Daniel Alcalá no es posible describirlas con palabras.

Si bien es cierto que la imagen llega antes que la palabra, también lo es que la imagen está condicionada por el conocimiento de quien la ve, por el sentido de tiempo y lugar que representa, y por la forma en que refleja la visión de alguien. Más que traducir las imágenes puedo describir la forma de ver de Daniel Alcalá, evitando cargar de mistificaciones a sus imágenes. Daniel ve el paisaje desde sus componentes estructurales, es decir, desde la red de soportes físicos que articulan la presencia de las cosas en la realidad. Daniel ve la maraña de arterias, representada en un mapa, como una red potencial de significados, en los que se señala la posibilidad más que el facto. El entramado, privado de nomenclaturas y códigos, se nos presenta como un terreno visual en el cual se ha hecho invisible el caos real, dejando sólo el orden. Daniel nos propone una utopía, un regreso a la estructura más abstracta para de ahí ponderar el sentido de la vida urbana.

Daniel representa el sentido del lugar y elimina el sentido del tiempo, deja intacta la retícula vacía y elimina la ubicación temporal. Cambia la escala de la representación del tejido urbano para situarnos en un punto de vista donde nada ni nadie puede ser el centro, pues lo que está ante nuestros ojos es la filigrana del espacio más no su significado relacional. Centro y periferia se funden, los puntos de referencia son reducidos a zonas positivas y negativas, tal como sucede en el tablero del ajedrez.

Las piezas del tablero también han sido objeto de una expugnación de su significado, pues están representadas como estructuras metálicas y arquitectónicas recortadas en siluetas negras. Resulta irónico que Daniel use carteleras, letreros y pancartas como las piezas de ese ajedrez suyo ya que estos representan el residuo de espacios publicitarios, vacíos de experiencias. La ironía proviene, de que esos artefactos son más significativos cuando se les aprecia carente de imágenes. Esos 'altavoces' negros recortados sobre el fondo celeste recuerdan los dólmenes de fortalezas arcaicas y las torres de las urbes medievales que dominaban la maraña de calles y construcciones.

Dichas estructuras dibujadas en negro profundo son reproducidas con un punto de fuga de abajo hacia arriba, lo que recuerda su función panóptica, como lugar de control, y su aparente inescrutabilidad. Juego interesante el que propone Alcalá al considerar la visión plana del mapa junto al ángulo de contrapicada de los edificios, ya que ambos son los ejes de visión y orientación en el espacio urbano. Más allá de las coincidencias con la estrategia del cambio de escala, propuesto desde el arte minimalista, la visión de Alcalá enfatiza la posibilidad de reconsiderar la mirada del paisaje urbano desde una abstracción constructivista. Desde ese punto de vista, no hay fuga posible, no hay perspectiva interpretativa, sino una red de alternativas y de jugadas factibles. El intérprete de estas redes es quien tiene las piezas en la mano, puede moverse en libertad de manera oblicua, a saltos ortogonales, en corta o larga distancia. Las posibilidades del mapa y de sus mudas y expectantes atalayas son los instrumentos del juego.

Los mapas fueron desde la antigüedad instrumentos del poder. Más importantes económicamente hablando que las imágenes artísticas, las cartografías resumen la interacción de dos fuerzas asociadas al origen de las ciudades: la transportación y el comercio, la interdependencia de los seres humanos y el sentido de sus interacciones. Si hay algo que Daniel Alcalá ha sabido interpretar sencillamente con sus dibujos es el hecho de que la percepción de lo visible y su relación con la experiencia vivida son las claves para escrutar el papel de la ciudad hoy. Devolviéndole a sus mapas el mínimo sentido de comunidad y el máximo potencial interpretativo, a través de un ejercicio de creatividad que trasmuta los significados de los elementos visuales más abundantes en la urbe: los signos visuales y la traza urbana.

JOSÉ MANUEL SPRINGER. MARZO, 2007.

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