Mapas Para Perderse

LA PRIMERA NECESIDAD DE FIJAR SOBRE EL PAPEL LOS LUGARES VA UNIDA AL VIAJE: ES EL RECORDATORIO DE LA SUCESIÓN DE LAS ETAPAS, EL TRAZADO DE UN RECORRIDO. (…)

EL MAPA GEOGRÁFICO, EN SUMA, AUNQUE ESTÁTICO, PRESUPONE UNA IDEA NARRATIVA, ES CONCEBIDO EN FUNCIÓN DE UN ITINERARIO, ES ODISEA. (ITALO CALVINO)

Perderse en un mapa es quizá quedarse en el placer de los itinerarios que nos sugiere y así aprender a olvidar los destinos que consigna. Actualmente un mapa siempre está al principio de un recorrido. De hecho, es un instrumento para diseñar un itinerario, por lo que requiere de un lenguaje objetivo que señala el lugar común de nuestros pasos y no la peculiaridad de los encuentros que suceden en nuestras caminatas. Por el contrario, en la obra de Daniel Alcalá el mapa está al final del recorrido. Su estrategia de trabajo busca apropiarse del plano de una ciudad, reducirlo a sus elementos mínimos y entregarlo al espectador para que pueda perderse en su forma y quizá reasignarle sus contenidos.

Los Mapas para perderse que constituyen esta exposición son trozos de ciudades por los que transitó el artista. A diferencia de los mapas de Richard Long (1945), el plano no es el soporte para proyectar las rutas de una caminata. El recorrido sucede primero y sirve para delimitar un islote en la ciudad. Posteriormente, el trozo del plano que da cuenta de ese islote es intervenido al recortar sus formas en papel y agujerar meticulosamente su representación para sólo dejar la estructura de las arterias viales. Este proceso asemeja al ejercicio repetitivo de un mantra donde el artista interviene meticulosamente la representación a partir de su propia estructura, para devolverle una cualidad visual que implique al espectador en el riesgo de perderse en esa simple telaraña.

Un mapa es la representación bidimensional de un territorio en que las formas abstractas cobran significado a partir de su nomenclatura y sus acotaciones. Los "situacionistas" buscaban transformar este significado convencional al nombrar los barrios de la ciudad, a partir de los "estados de ánimo" que producía la propia traza urbana en el proceso de las "derivas". Por el contrario, al llevar las formas abstractas de las avenidas de un mapa, a un simple entramado de papel sin acotaciones, la experiencia a la que nos invitan las piezas de Daniel Alcalá parece que busca liberar nuestro acercamiento a esa estructura de todo contenido semántico que no sea la trayectoria posible de nuestros pasos. Estos mapas, aparentemente sin información, podrían describirse como una estructura sin contenido. No obstante, a diferencia de las estructuras minimalistas que buscaban escapar de cualquier función representativa o significante, aquí la estructura disímil del entramado urbano es más bien una casilla vacía dispuesta a recobrar su significado en la experiencia del que mira.

El encuentro del espectador con estos mapas sucede en los enigmas monocromos del blanco sobre blanco, donde la sombra es la que dibuja el entramado urbano; o del negro sobre negro, donde las variaciones en la luz que generan los surcos trazados por el artista en el grafito, nos permiten encontrar los rastros del mapa. Estas variaciones reclaman al espectador acercarse a ver, para perderse en los matices y quizá devolverle con su experiencia el contenido a esa representación. Cuando apareció la geografía moderna los mapas dejaron de estar relacionados a un viaje y perdieron, por tanto, su carácter narrativo. Entonces la cartografía comenzó a presentar, lo que Calvino llamó, una especie de mirada extraterrestre que observa el territorio desde una perspectiva aérea en la que no existe el tiempo. Tal vez esta sea la razón, por la que una de las conductas habituales frente a un mapa sea la de buscar un lugar conocido, para recuperar esa perspectiva terrestre que nos ubica dentro de esa estructura y nos permite entenderla (mismo efecto que produce la acotación "Ud. está aquí").

Los Mapas para perderse invitan al espectador a dejarse llevar por las coordenadas, los caminos y las formas en el interior de una trama, para poder encontrar su propia perspectiva y sus propios referentes. Esta Odisea que realiza el artista y que consiste en perderse en las minucias de una estructura para articular un recurso expresivo, podría interpretarse como una peculiar apropiación de la idea de Walter Benjamin de la ciudad como un bosque en el cual había que aprender a perderse. En este sentido, cualquiera puede no saber orientarse mediante un mapa. En cambio, perderse en él como quien se pierde en la frágil estructura que condiciona sus pasos, reclama la paciencia de volver a ver. Para perderse en la representación de un territorio se requiere del aprendizaje de nuevas estrategias para intervenir esa representación. Sólo así esta podrá volverse un souvenir ajeno a los clichés de lo visible y, sin embargo, disponible a los juegos evocativos que se construyen en el encuentro con la mirada.

JUAN PABLO ANAYA. MAYO, 2007.

"El viandante en el mapa" en Colección de arena. Siruela: Madrid, 1998.

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